En un precioso palacio de Barcelona vivía un duque acompañado de familiares y allegados. Era un hombre bueno pero tenía un problema que arrastraba desde la niñez y es que mentía a menudo.
Un día, movido por un intenso deseo de salir de la rutina, decidió ir a dar un paseo y se adentró en el bosque. Era verano y hacía un sol espléndido. Le encantaba mirar el paisaje y deleitarse con la naturaleza mientras respiraba aire fresco y puro.
De repente, vio un par de ardillas que corrían delante de él jugueteando, se animó a seguirlas en un arranque de ilusión y, perdido en el frondoso bosque, llegó a un paraje donde se hallaba una acogedora cabaña que parecía haber salido de la nada.
Acercándose a ella, un hombre misterioso estaba sentado en posición de meditación, y mientras el duque se acercaba poco a poco, el hombre, que permanecía concentrado, dijo suavemente:
—No es casualidad que haya llegado hasta aquí, llevaba días esperando su llegada...
—¿Cómo dice? pero si no me conoce de nada. Yo sólo soy un campesino que se ha extraviado en la zona. —replicó el duque.
— Soy bastante hábil para reconocer cuándo alguien me miente, y usted no es ningún campesino, de hecho me atrevería a decir sin miedo a equivocarme que es una especie de duque.. me equivoco?— dijo el hombre.
El duque estaba asombrado ya que él vestía ropa deportiva en ese momento y no había ningún indicio de que lo fuera.
— ¿Quién es usted? —preguntó indignado.
— Digamos que soy un amigo especial, un sabio que trata de ayudar a otros a avanzar en su camino, siempre y cuando se dejen ayudar, claro! —respondía con tono gruñón.
—No tengo tiempo de milongas, creo que marcharé por donde he venido. —dijo el duque dirigiéndose hacia la salida pero una atractiva pintura le hizo detenerse.
—Vaya... ¿De dónde es ese retrato?—preguntó señalando hacía el cálido cuadro donde aparecían dos bellas jóvenes.
—Son mis dos hijas disfrutando de un amanecer en un paisaje de Budapest que es donde residen.
—Le brillan los ojos al hablar de ellas, se nota que las echa de menos.
—Esta foto es una de las pocas cosas que conservo de ellas. Siempre he querido visitarlas pero la vida me tiene preso en este lugar inhóspito alejado de toda sociedad de donde no es fácil escapar, aunque aún sueño con volver a verlas...—decia emocionado mientras observaba el retrato.— Y hablando de sueños, tiene usted algún sueño por cumplir?
El duque, en una de esas raras ocasiones donde decía alguna verdad, sintió deseo de desahogarse viendo la actitud cercana del sabio, y dijo:
— Verá... siempre me han dicho que miento mucho y me han pillado muchas veces con lo que esto ha supuesto en mi reputación, sin embargo, es algo con lo que lucho desde joven, una adicción creada en la niñez que he arrastrado hasta mi madurez. Un gran sueño para mí sería conseguir ser un hombre libre con las personas que me rodean y poder brindarles un amor sincero.
El sabio pegó un brinco como si algo le hubiera picado en el trasero y dando varias volteretas en el aire en un alarde de exhibición física aterrizando como si fuese la puesta en escena de una función teatral se dirigió al duque diciendo:
—Amigo, por azares del destino ha llegado al lugar correcto puesto que siempre he tenido el don de ayudar a otras personas; sabe, todos tenemos problemas y a veces la solución a estos se encuentra en lo más sencillo e inesperado, confíe en mí.
Y volviéndose hacia un antiguo baúl sacó un extraño sello de papel y se lo colocó en el brazo quedando tatuado en su piel. Y, dándole la espalda dijo con voz misteriosa:
—De ahora en adelante cuando diga la verdad tendrá un estímulo placentero, mientras que si miente.. algo dantesco le sucederá.
Al volver a casa el duque intentó borrarse el tatuaje con aguarrás pero no pudo y una extraña sustancia había absorbido su piel, entonces, preocupado, temía que algo malo le sucediera si mentía y lo evitaba, de manera que sin darse cuenta fue dejando de hacerlo. Sin embargo, después de un tiempo, descubrió que cuando mentía no le pasaba nada, sólo era un temor infundado que, por fortuna, le había servido para superar su problema.
Agradecido volvió a la cabaña del sabio a contarle sus avances pero al llegar este ya no estaba y en su escritorio había una nota que decía «mi recompensa ha sido poder ayudarte, estoy en un lugar mejor bien acompañado...» y al lado observó una postal suya en el mismo paisaje del retrato, donde aparecía él junto a sus dos hijas en un hermoso amanecer en Budapest. El duque lo miró, esbozó una sonrisa y continuó leyendo «...porque recuerda algo amigo: detrás de cada acción buena hacia los demás siempre hay una recompensa que nos acerca a nuestra propia felicidad»
Desde ese día el duque nunca olvidó las palabras del sabio que le enseñó a ser más honesto con las personas mientras que el sabio también alcanzó su sueño tan añorado de por fin estar con sus hijas.
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